Tania negocia con el banco quedarse en su piso: “Yo no me voy”

Los trocitos de papel, eso es lo que la delata. Sentada en la mesa de su salón comedor al que sólo llega la luz natural a través de la ventana de la cocina, Tania se muestra serena. Dice que no piensa abandonar su casa y que hará lo que haga falta para que el banco no la eche. Lo dice con voz grave, dulce acento brasileño y sonrisa complaciente. Pero sus manos son el gusano de la inquietud, el come-come que dirige sus dedos. Tania rompe papeles en trocitos diminutos. Sin parar. Ella habla y su cuerpo también.

2005. Barcelona, Padilla con Gran Vía. 60 metros cuadrados. 460.000 euros.

2015. Barcelona, Padilla con Gran Vía. 60 metros cuadrados. 150.000 euros.

Los precios han cambiado tras estallar la burbuja inmobiliaria y Tania le debe al banco casi el doble de lo que vale ahora su casa: 238.000 euros. ¿Qué hacemos? “Llevo dos años sin pagar la hipoteca, no tengo dinero, es imposible, así que espero que el banco entre en razón y me deje quedar pagando un alquiler, 300 euros de por vida. Porque yo no me voy”.

Esta mujer de 50 años viajó en 2012 a su Brasil natal para vender el piso que allí se había comprado y pagar la hipoteca de su casa barcelonesa. Maldita la hora, dice. Su hija de 18 años se quedó al mando y en lugar de pagar como su madre le había ordenado decidió que era el momento de descubrir la vida. Cuando un banco deja de recibir el pago, avisa al cliente, y si no recibe respuesta, en 90 días puede demandar al acreedor (aquí todo el proceso legal). Y es lo que hizo con Tania, que dice que no se enteró de nada estando en Brasil. Llegó, y tenía un proceso judicial pendiendo sobre su vida.

“Perdí a mi primera hija, que decidió ir en busca de sus padres biológicos, y me quedé con mi niñita de 8 años y un panorama vital penoso”. Entregó al banco todo el dinero que había recibido por su casa brasileña, pero no era suficiente. La hipoteca se había revisado y pasó de 600 euros mensuales a 900. “Imposible”, repite Tania mientras baja la cabeza y entrecierra los ojos. Se repone al instante, lo hace todo el rato, y vuelve a la carga.

“Intenté negociar con el banco mil veces, les pedí que me dejaran pagar menos, que me dieran un tiempo, pero no me escuchaban. Hasta que me fui a la PAH (Plataforma de Afectados por la Hipoteca. Cuando se lo conté al director del banco, le cambió la cara: ‘No queremos follones en esta sucursal’, me dijo. Y se acabaron los problemas”. Al menos, los más graves: a Tania no la desalojan, están negociando una solución alternativa.

tania2

Una amenaza de desahucio no suele llegar sola. Son varios los factores que intervienen en la vida de alguien para verse en esta situación (aquí un perfil de desahuciados). Tania, por ejemplo, sufrió la crisis en primera persona puesto que era una empresaria que se dedicaba, junto a su marido, a comprar, rehabilitar y vender inmuebles. Mal negocio cuando se rompe la burbuja de la vivienda en España. Enferma de fibromialgia, entró en una depresión profunda y al crack económico se le sumó otro personal: denunció a su marido por intentar abusar sexualmente de su hija cuando apenas tenía 7 años.

El puzzle es irresoluble, las piezas se han roto, algunas incluso se han perdido. Así que en estas circunstancias, Tania decide que a ella y su hija, solas y desorientadas, sólo les queda un lugar en el que tocar tierra: el piso de la calle Padilla.

El piso es un pasillo largo al que desembocan varias habitaciones ciegas y que culmina en un salón comedor estrecho conectado sin puerta a la cocina. El final del túnel es una ventana que da a un patio interior soleado, la única luz natural de la casa. La decoración es mínima, siendo generosos; Tania no quiere llenar una casa pequeña de obstáculos. Son metros suficientes, cierto, acaso mal repartidos.

El sol le da en la espalda y su rostro, de vez en cuando, se desdibuja en las sombras. Brilla en la luz una lágrima que asoma, de verdad que asoma, cuando se acuerda de las llamadas. Suele ser lo peor, dicen muchos: el banco te llama, a cualquier hora, cualquier día, y te recuerda que tienes que pagar o te echarán. “Mi hija me miraba aterrorizada cada vez que sonaba el teléfono, a mí se me paralizaba el cuerpo con ese ring, ring, ring… Ya no sabía que contestar, pero los abogados me decían que no podía dejar de hacerlo. ¿Y ellos? ¿Tenían que llamar un sábado, sabiendo que mi hija estaba en casa? Era el mayor desequilibrio, una tortura”.

Ahora lucha por lograr la ayuda de 400 euros que da el Estado (aquí los requisitos) a quienes se encuentran en situación similar. Batalla por una beca comedor para su hija, que ya tiene 10 años, y Cáritas (el 52% de atendidos son familias con hijos) la ayuda con comida. Mientras, ella ha vuelto a la fotografía, su verdadera profesión, y colabora periódicamente con una revista brasileña con sede en Madrid, aunque ser ‘freelance’ y pagar una hipoteca es algo casi inalcanzable en estos momentos. “Al menos puedo mostrar a los servicios sociales y al banco que tengo un futuro”, dice mientras abre con orgullo la revista y muestra su nombre. “Esta soy yo”.

Sí, esa es Tania: brasileña, empresaria, fotógrafa, madre… Es muchas cosas Tania, lo que no será, asegura con dureza, es desahuciada.